Trelew
Despejado
1°C
Previsión 25 de junio, 2022
Día
Soleado
Soleado
6°C
Previsión 26 de junio, 2022
Día
Soleado
Soleado
12°C
Previsión 27 de junio, 2022
Día
Ventoso
Ventoso
12°C
Previsión 28 de junio, 2022
Día
Más nubes que claros
Más nubes que claros
14°C
 

Puerto Madryn
Despejado
-1°C
Previsión 25 de junio, 2022
Día
Soleado
Soleado
6°C
Previsión 26 de junio, 2022
Día
Ventoso
Ventoso
13°C
Previsión 27 de junio, 2022
Día
Ventoso
Ventoso
12°C
Previsión 28 de junio, 2022
Día
Cubierto
Cubierto
16°C
 

Rawson
Despejado
1°C
Previsión 25 de junio, 2022
Día
Soleado
Soleado
6°C
Previsión 26 de junio, 2022
Día
Soleado
Soleado
12°C
Previsión 27 de junio, 2022
Día
Ventoso
Ventoso
12°C
Previsión 28 de junio, 2022
Día
Más nubes que claros
Más nubes que claros
14°C
 

Titulares

Qué es la felicidad según los grandes pensadores y filósofos

Partamos de una definición amplia: Un estado general de satisfacción debido a nuestra propia situación en el mundo.

Es preciso diferenciarla de todo concepto que no sea humano ni mundano, asequible a la cotidianeidad más absoluta y conocida por todos. Sus primera aproximaciones y cavilaciones acerca de este estado de ánimo, surgen en la antigua Grecia, cuando Tales de Mileto afirma que “es sabio quien tiene un cuerpo sano, fortuna y el alma bien educada”, o sea la buena salud, el éxito en la vida y en su propia formación intelectual constituirían la felicidad del individuo en el mundo y entre los otros seres humanos.

Para Demócrito, por su parte, la felicidad era como “la medida del placer y la proporción de la vida”, introduciendo un tema de gran discusión a través de todos los tiempos como es la inasible definición de placer, pero volviendo a Demócrito consideraba que era fundamental alejarse de toda carencia y también de todo exceso. De último, sostenía, la felicidad o infelicidad son cuestiones que interpelan directamente el alma, ya que “solo el alma es la morada de nuestro destino”.

El filósofo Aristipo, seguimos en la Grecia antigua que siempre dejo mucha tela para cortar en materia del pensamiento, consideró que solo el placer es el bien, ya que solo él es deseado por sí mismo y constituye un fin en sí; Aristipo nos legó: “El fin es el placer particular, la felicidad misma es el sistema de placeres particulares, sistema en el cual se suman también el recuerdo de los placeres pasados y el imaginar los placeres futuros”. Hegusias fue categórico, negó directamente toda posibilidad de felicidad, y la negó precisamente porque, a diferencia de Aristipo, creía que los placeres son muy raros de encontrar y una vez hallados, se destacan por ser efímeros.

Platón plantea su posición con respecto al tema en el Gorgias, donde considera que la felicidad no tiene que ver con el placer, pero si la liga a la virtud: “Los felices son felices por la posesión de la justicia y de la temperancia, y los infelices, infelices por la posesión de la maldad”, y en el Banquete, considera felices a “los que poseen bondad y belleza”. O sea resumiendo la posición platónica podemos considerar que es feliz aquel ser que lleva a cabo los deberes que le competen en el mundo.

Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, especifica que la felicidad debe necesariamente incluir la satisfacción de las necesidades y de las aspiraciones mundanas del individuo, aunque aclara: “Es cierto, sin embargo, que los bienes exteriores, como todo instrumento, tienen un límite dentro del cual cumplen su función de ser útiles, como medios, pero fuera del cual resultan perjudiciales o inútiles para quien los posee. En cambio, los bienes espirituales, cuanto más abundantes, son más útiles”. En el pensamiento de Aristóteles, expresado en Política,  encontramos que “Cada uno merece tanta felicidad según la virtud, sentido y capacidad de obrar que posea y se puede acudir al testimonio de la divinidad, que es feliz y beata, no por los bienes exteriores sino por sí misma, por lo que es por naturaleza. De lo que se deduce que la felicidad es más accesible al sabio que se basta a sí mismo con mayor facilidad, pero a ella deben tender en realidad, todos los hombres y las ciudades”.

Los estoicos, como siempre, fueron categóricos, dividieron a todos los hombres y mujeres en sabios o insensatos y dictaminaron, con lógica de hierro, que sería inútil ocuparse de los segundos. Por lo tanto estipularon que, sabio es el que se basta a sí mismo y que, por lo tanto, es el único que encuentra su felicidad o más bien su beatitud.

Plotino, por su parte, recupera el pensamiento platónico y es poco contemplativo tanto con las posiciones estoicas como con Aristóteles a quienes critica ácidamente, para aseverar, por su parte, que la felicidad es la vida misma, por lo tanto, si bien pertenece a todos los seres vivientes, pertenece en el grado más eminente a la vida más completa y perfecta que es la de la inteligencia pura.

El sabio, en quien se realiza tal vida, es el bien por sí mismo y no tiene necesidad más que de sí mismo para ser feliz, no busca las otras cosas o, por lo menos, las busca sólo por ser indispensables a las cosas que le pertenecen (por ejemplo, al cuerpo) y no a él mismo.

La felicidad del sabio no puede ser destruida ni por el fracaso, ni por enfermedades físicas y mentales ni por ninguna circunstancia desfavorable, como no puede ser aumentada por las circunstancias favorables.

La filosofía del medioevo se va a apropiar de muchos de estos conceptos, o procederá a adaptarlos como hace Santo Tomas de Aquino con el pensamiento aristotélico. Pero con respecto al tema de la felicidad no produce ningún signo filosófico distintivo. Sus problemas fueron otros y el pensamiento de la patrística derivo a otros aspectos no menos importantes.

EL HUMANISMO Y LA FELICIDAD

El Humanismo va a ligar nuevamente la felicidad con el concepto del placer. Para Locke, en sus Ensayos, la felicidad “es en su grado máximo el más grande placer de que seamos capaces y la desgracia, el dolor mayor; y el grado mínimo de eso que llamamos felicidad es ese estado en que, libres de todo dolor, se goza de un placer presente en grado de no poder satisfacernos con menos”.

Leibniz, por su parte, en Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano, va a decirnos: “Yo creo que la felicidad es un placer duradero, lo que no podría suceder sin un progreso continuo hacia nuevos placeres”. Con Hume el placer, o el viejo sistema de placeres del no menos viejo Aristipo, comienza a adquirir una dimensión social: la felicidad, para ser tal, debe resultar en placer que se pueda difundir, el placer del mayor número, y así se transforma a la felicidad en la base del sistema reformador ingles del siglo XIX.

En Critica de la Razón Práctica Kant no quería quedarse afuera de la tenida, y dice: “La felicidad es la condición de un ser racional en el mundo, al cual, en el total curso de su vida, todo le resulta conforme con su deseo y voluntad”.

Considera que la felicidad forma parte del sumo bien, el cual es para el hombre la síntesis de virtud y felicidad. Pero en el mundo natural este sumo bien no es realizable, por lo que Kant declara imposible la felicidad y la remite a un mundo inteligible que es “el reino de la gracia”.

En efecto, para Kant es imposible que se satisfagan todas las tendencias, inclinaciones, voliciones del hombre, porque, por un lado, la naturaleza no está predispuesta a satisfacer al hombre en forma total, como bien sabemos, y por otro lado, porque las mismas inclinaciones y necesidades no se detienen nunca en la quietud de la satisfacción”.

Bentham, más tarde, adopta la fórmula de Beccaría, como fundamento de la moral: “La máxima felicidad posible del mayor número posible de personas”, formula ésta, en la que también se inspiraron James Mill y Stuart Mill, acentuando cada vez más su carácter social.

Entienden que la felicidad depende de condiciones y circunstancias objetivas además de las actitudes del hombre en particular, por lo tanto, el ser alcanzada corresponde al hombre en cuanto miembro del mundo social.

En la tradición cultural inglesa y norteamericana, esta concepción de la felicidad, ha inspirado, además del pensamiento filosófico, el pensamiento social y político. La máxima felicidad ha sido la meta inalcanzable predicada por el liberalismo manchesteriano.

Tan es así que la propia Constitución de los Estados Unidos ha incluido en su parte general, entre los derechos inalienables del hombre “la búsqueda de la felicidad”; mientras conservaba la esclavitud, pero ese es otro tema, el anverso, si se quiere, de la felicidad.

Bertrand Russell es uno de los pocos que aun defiende la búsqueda de la felicidad, en 1930 publica La Conquista de la Felicidad. Este autor alerta y pone énfasis en que la posibilidad de alcanzar la felicidad descansa mayormente en la actitud del hombre, en abandonar su egocentrismo, salir del enclaustramiento en sí mismo y en las propias pasiones. O sea, absolutamente del lado opuesto de la autosuficiencia del sabio, que los antiguos habían destacado más.

Una corriente que sin duda postergó el concepto de felicidad fue el romanticismo con su exaltación sentimental del dolor y el sufrimiento, la infelicidad, los estados de perturbación y de insatisfacción como experiencias gozosas y positivas.

Para terminar, debemos destacar que la filosofía contemporánea no ha destinado mucho espacio a la consideración de la felicidad, sin embargo, si lo ha hecho con aquellos estados marcados por la falta de ella o ocupados por la infelicidad, la frustración, la insatisfacción, y estados similares.

Estos estados insatisfactorios en general, que, elevados en grado sumo, son síntomas de rasgos patológicos, demuestran, sin dudas, la importancia de la correlativa noción positiva de felicidad para la vida humana, tanto individual como social. Es más, muchos consideramos que no existe otra.

Compartir:

Los comentarios están cerrados.